TESTIMONIOS |
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Alice Cooper: un viejo rockero que se convierte al cristianismo
Le ha visto las
orejas al
lobo. O al diablo. Y Alice Cooper, el rockero que dejaba sueltas
serpientes
pitones sobre el escenario y guillotinaba gallinas durante sus
conciertos,
acude ahora a una apacible iglesia evangélica. El músico
de Detroit, de 52
años, ha hecho una confesión en la revista de
música cristiana «Hard Music
Magazine» (www.hmmagazine.com) que habría sido
difícil de creer hace pocos
meses. «Ser cristiano es algo en lo que vas progresando, es una
dinámica en
movimiento. Uno va aprendiendo. Uno va a su estudio bíblico. Uno
debe rezar»,
ha asegurado.
Los viejos rockeros nunca mueren. Pero, con el tiempo, algunos se
convierten.
Las letras de las canciones de Alice Cooper hablaban de necrofilia,
violencia,
sexo, alcohol y drogas. Ahora quiere dedicar su vida «a seguir a
Jesucristo».
La razón del cambio radical la ha explicado el propio Cooper.
Cuando el
alcoholismo estuvo a punto de arruinar su vida y su matrimonio, su
esposa
Sheryl le llevó a un templo evangélico en el que el
pastor «lanzó un sermón
incendiario sobre el infierno». El religioso despertó en
el controvertido
músico «las ganas de no querer ir al infierno», y
las olvidadas oraciones y
creencias de su infancia recuperaron protagonismo en su vida.
Una bruja del siglo XVII
Ciertamente, la predicación del pastor evangélico
debió de ser estremecedora
para conmover las fibras del curtido rockero. Vincent Furnier
tomó prestado el
nombre «Alice Cooper» de una hechicera del siglo XVII que
murió en la caza de
brujas de Salem. Su rodaje como rockero comenzó pronto, en la
escuela de
secundaria. Pero su grupo, Earwings, no quedó como uno
más de tantos grupos
rockeros de adolescentes. Encarnó la primera camada de heavy
metal junto a Deep
Purple, Ozzy Osbourne y Black Sabath. Fue pionero del shock rock, codo
con codo
con grupos como Kiss, Twisted Sisters y el cantante satánico
Marilyn Manson.
Sus conciertos no eran precisamente un recital de delicadeza y buen
gusto.
Cooper los solía terminar destrozando a golpes de hacha
muñecos que guardaban
un gran parecido con bebés, y aparecía sobre el escenario
con un espeso
maquillaje negro que chorreaba desde sus ojos hasta la boca, lo que le
confería
un aspecto diabólico. La multitud enfervorecida que
acudía a sus recitales le
respetaba y escuchaba sus consejos como venidos del gran gurú
espiritual del
heavy metal.
Ahora sigue dando consejos, pero desde el polo opuesto. «No
quiero convertirme
en una celebridad cristiana», ha asegurado en «Hard Music
Magazine», porque «es
muy fácil concentrarse en Alice Cooper y no en Cristo. Yo soy un
cantante de
rock. No soy nada más que eso. No soy un filósofo. Me
considero muy abajo en la
escala de cristianos conocedores. Así que no busques respuestas
en mí». «Yo era
una cosa antes. Ahora soy algo completamente nuevo. No juzguen a Alice
por lo
que solía ser. Alaben a Dios por lo que soy ahora»,
sentencia el rockero en la
entrevista.
Su temor a la condena le ha llevado a cambiar también su punto
de vista sobre el
diablo. «Yo quiero decir: ¿tengan cuidado! Satanás
no es un mito; no vayan por
ahí creyendo que Satán es una broma», advierte.
50 millones de discos
La relevancia del músico queda patente al comprobar sus cifras
de ventas: nada
menos que 50 millones de copias vendidas de sus veintiún
álbumes en más de
treinta años de carrera. En 1971, «Eighteen» fue su
primer single en entrar en
la lista top norteamericana. Pero su verdadero boom llegó un
año después, con
su tema y disco «School´s out», un album que
sembró la polémica y que se situó
entre los diez más vendidos de ese año.
Cooper sigue en activo, haciendo realidad el aforismo que propugna la
inmortalidad de los viejos rockeros. En marzo del pasado año
actuó en Barcelona
y Madrid, llenando el polideportivo Vall d´Hebrón y la
sala La Riviera. Con
frecuencia acude a programas de televisión en Estados Unidos;
juega al golf con
famosos en Hollywood y gestiona su rentable restaurante «Coopers
Town». Y entre
patt y patt, acude a la iglesia a orar al Señor.
Alphonse Ratisbonne: Encuentro inesperado
Alphonse
Ratisbonne era
un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, callejero, hijo
de banquero...
En 1842, Ratisbonne vivía en Roma -entre un viaje a Oriente y
una escala en
Palermo- una especie de ociosidad turística e indolente que le
hace parecerse
de lejos a un personaje de Stendhal: habría podido posar para
Lucien Leuwen.
Ratisbonne estaba prometido y preparaba su instalación viajando
mucho. Era ateo
y tenía un escepticismo quisquilloso que le llevaba a levantar
querellas contra
la Iglesia y el cristianismo. Tenía un amigo: el barón de
Bussieres, muy
piadoso, que multiplicaba por su conversión votos y
exhortaciones.
Ratisbonne había accedido desde hacía algún tiempo
-por pura gentileza, y
porque no le concedía verdaderamente importancia alguna- a
llevar consigo una
medalla piadosa ofrecida por su amigo; un día, el amigo de
Ratisbonne le invita
a dar un paseo en coche; el carruaje del barón de Bussieres se
para en la
pequeña plaza de Roma, donde se eleva la iglesia de San
Andrés delle-Fratte. La
iglesia de San Andrés delle-Fratte es un edificio de modestas
dimensiones; una
tibieza a la italiana por la severidad del plano, el calor del decorado
y la
abundancia de cirios que plantan aquí y allá arbustos de
luz. La iglesia
demuestra una evidente insustancialidad, y no es de las que
extravían las
imaginaciones.
El barón -que ha de hacer una gestión en la iglesia-
desciende, e invita a su
pasajero a esperar, o a acompañarle; es asunto, añade, de
pocos minutos. Ratisbonne,
antes que aburrirse en el vehículo, decide visitar la iglesia,
sin otra
intención -por supuesto- que adicionarla a su colección
de monumentos romanos.
Cuando empuja la puerta de esa iglesia, es un perfecto
incrédulo, curioso por
la arquitectura; no es un alma torturada a la zaga de un ideal. Yo no
sé lo que
se produce en ese instante en el «inconsciente» de
Ratisbonne, como algunos
pretenden conocer de lo acontecido en parecida circunstancia en el
inconsciente
de San Pablo; pero si el mío trabaja, actúa y me prepara
una jugada, mi
inconsciente es el único en saberlo.
Ratisbonne se mantiene no lejos de la entrada, cerca de una capilla
lateral (la
segunda), algo empotrada en la muralla, a su izquierda; es un
incrédulo que
tiene dos o tres minutos que desperdiciar; que no está mejor
dispuesto a las
emociones místicas, ni deseoso de creer; pero su incredulidad va
a terminar
allí, hecha añicos por la evidencia; la capilla que
Ratisbonne recorre con
mirada distraída, que ninguna obra maestra detiene en su paso,
desaparece
bruscamente. Lo que él ve entonces es la Virgen María,
tal y como figura en la
medalla que lleva al cuello, y tal como está hoy representada,
con colores
realzados por algunos artificios luminosos, en la capilla de San
Andrés
delle-Fratte.
Hay esa dicha, que le arroja al suelo; y yo imagino que habrá
tenido tantas
dificultades en hacerla compartir, como Bernadette de Lourdes en
convencer al
clero de la diócesis, o en persuadir a las damas de la
prefectura, de que una
persona de buena sociedad como la Virgen María haya podido
aparecer dieciocho
veces seguidas con el mismo vestido.
Esta es la narración que hace el propio Ratisbonne; estamos en
el 20 de enero
de 1842:
«... Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel
día: "Te has levantado
judío y te acostarás cristiano"; si alguien me hubiera
dicho eso, lo
habría mirado como al más loco de los hombres.
»Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo
mis cartas al
correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustave, el pietista, que
había regresado
de la caza; excursión que le había mantenido alejado
algunos días.
»Estaba muy asombrado de encontrarme en Roma. Le expliqué
el motivo: ver al
Papa.
»Pero me iría sin verlo -le dije-, pues no ha asistido a
las ceremonias de la
Cátedra de San Pedro, donde se me habían dado esperanzas
de encontrarlo.
»Gustave me consoló irónicamente y me habló
de otra ceremonia completamente
curiosa, que debía tener lugar, según creo, en Santa
María la Mayor. Se trataba
de la bendición de los animales. Y sobre ello hubo tal asalto de
equívocos y
chanzas como el que se puede imaginar entre un judío y un
protestante.
»Hablamos de caza, de placeres, de diversiones del carnaval; de
la brillante
velada que había organizado, la víspera, el duque de
Torlonia. No podían
olvidarse los festejos de mi matrimonio; yo había invitado a M.
de Lotzbeck,
que me prometió asistir.
»Si en ese momento -era mediodia- un tercer interlocutor se
hubiese acercado a
mí y me hubiera dicho: "Alphonse, dentro de un cuarto de hora
adorarás a
Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una
pobre iglesia; y
te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento
de jesuitas,
donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo;
dispuesto a inmolarte por
la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a
sus placeres, a tu
fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso,
renunciarás también
a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al
apego de los
judíos...; ¡y sólo aspirarás a servir a
Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la
muerte!..."; digo que si algún profeta me hubiera hecho una
predicción
semejante, sólo habría juzgado a un hombre más
insensato que ése: ¡al hombre
que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y,
sin embargo, ésta es
hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.
»Al salir del café encuentro el coche de M.
Théodore de Bussieres. El coche se
para; se me invita a subir para un rato de paseo. El tiempo era
magnífico y
acepté gustoso. Pero M. de Bussieres me pidió permiso
para detenerse unos
minutos en la iglesia de San Andrés delle-Fratte, que se
encontraba casi junto
a nosotros, para una comisión que debía
desempeñar; me propuso esperarle dentro
del coche; yo preferí salir para ver la iglesia. Se
hacían allí preparativos
funerarios, y me informé sobre el difunto que debía
recibir los últimos
honores. M. de Bussieres me respondió: "Es uno de mis amigos, el
conde de
La Ferronays; su muerte súbita es la causa-añadi6-de la
tristeza que usted ha
debido notar en mí desde hace dos días." Yo no
conocía a M. de La
Ferronays; nunca le había visto, y no apreciaba otra
impresión que la de una
pena bastante vaga, que siempre se siente ante la noticia de una muerte
súbita.
M. de Bussieres me dejó para ir a retener una tribuna destinada
a la familia
del difunto. "No se impaciente usted -me dijo mientras subía al
claustro-,
será cuestión de dos minutos."
»La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y
desierta; creo haber estado allí
casi solo; ... ningún objeto artístico atraía en
ella mi atención. Paseé
maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en
ningún pensamiento;
recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante
mis pasos... En
seguida el perro desapareció, la iglesia entera
desapareció, ya no vi, o más
bien, ¡¡¡Oh, Dios mío, vi una sola cosa!!!
»¿Cómo sería posible explicar lo que es
inexplicable? Cualquier descripción
-por sublime que fuera- no sería más que una
profanación de la inefable verdad.
Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el
corazón fuera de mí mismo,
cuando M. de Bussieres me devolvió a la vida.
»No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas al
fin, tomé la medalla
que había dejado sobre mi pecho; besé efusivamente la
imagen de la Virgen,
radiante de gracia... ¡Era, sin duda, Ella!
»No sabía dónde estaba, ni si yo era Alphonse u
otro distinto; sentí un cambio
tan total que me creía otro yo mismo... Buscaba cómo
reencontrarme y no daba
conmigo... La más ardiente alegría estalló en el
fondo de mi alma; no pude
hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y
sagrado que me hizo
pedir un sacerdote... Se me condujo ante él y sólo
después de recibir su
positiva orden hablé como pude: de rodillas y con el
corazón estremecido.
»Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. de La
Ferronays y para
la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias.
Sabía de una manera cierta
que M. de La Ferronays había rezado por mí; pero no
sabría decir cómo lo supe,
ni tampoco podría dar razón de las verdades cuya fe y
conocimiento había
adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento del gesto, la
venda
cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de
vendas que me habían
envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y
el barro y el
hielo bajo la acción del sol candente.
»Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba
todo; que saliendo de
ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino
comparándolo a un hombre a
quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o
por analogía con un
ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: ve,
pero no puede
definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los
objetos de su
admiraci6n. Si no se puede explicar la luz física,
¿cómo podría explicarse la
luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo permanecer en la verdad
diciendo
que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero que
entreveía el sentido y el
espíritu de los dogmas. Sentía, más que
veía, esas cosas; y las sentía por los
efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría
en mi interior; y esas
impresiones -mil veces más rápidas que el pensamiento- no
habían tan sólo
conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto del
revés, dirigiéndola en
otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida.»
Esta es la aventura romana de Alphonse de Ratisbonne. A partir de
entonces
-añade- el mundo ya no fue nada para él; sus prevenciones
contra el
cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios
de su
infancia; y el amor de su Dios «había ocupado el lugar de
cualquier otro amor».
Que esos profesionales de la verdad que los intelectuales
deberían ser aparten
de su pensamiento las apariciones de Lourdes, pretextando que
Bernadette
Soubirous era una niña, y que las niñas no disciernen,
según parece (aunque yo
no lo crea en absoluto), el sueño de la realidad.
Admitámoslo. Que rechacen la
relación de los pastorcillos de la Salette, que han visto llorar
a la Virgen
Santísima en las montañas del Dauphiné, porque
unos pastorcillos sin instrucción
pueden ser influenciables; o víctimas de una clase de
reciprocidad de la
autosugestión; o por cualquier otro motivo del mismo
género. Admitámoslo
también. Finalmente, que no se tenga en cuenta mi testimonio,
porque nada es
tan difícil de comprender como una visión sin
imágenes; ni de creer a un
periodista que dice haber hallado la verdad. Consiento en ello, aunque
sea duro
saber y no convencer; y más duro todavía constatar que no
se ha convencido por
falta de elocuencia, y que se ha carecido de elocuencia sólo por
haber carecido
de amor.
Pero, ¿y Ratisbonne? Los hijos de banquero pueden -tanto como
los demás- estar
sujetos a las alucinaciones, pero están, por lo general,
provistos del bagaje
intelectual suficiente para advertir su desventura, si no
inmediatamente, por
lo menos, después. Es bastante extraordinario que un
fenómeno así procure una
serenidad nueva al paciente, además de una vocación,
además de una doctrina; y
más extraordinario todavía que -aparte de dos o tres
grandes espíritus, como
Henri Bergson o Jean Guitton- ningún pensador de oficio haya
juzgado útil
examinar una mutación tan insólita; aunque sólo
fuere para explicar cómo un
joven-tan bien dotado de sentido crítico como puede serlo un
judío; y de
realismo, como puede serlo un hijo de familia perfectamente consciente
de las
ventajas de su posición-haya podido fundamentar todo el resto de
su vida sobre
una ilusión de los sentidos, y sin retroceder ante sus
consecuencias,
retornando a su sangre fría.
André Frossard: Dios existe, yo me lo encontré
André
Frossard nació en
Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y
ministro
durante la III República y primer secretario general del Partido
Comunista
Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total.
Encontró la le a los veinte
años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino,
en la que
entró ateo y salió minutos más tarde
"católico, apostólico y romano".
El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina
conversión se entienden
un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta
él mismo:
"Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su
ateísmo. Los
últimos militantes anticlericales que todavía predicaban
contra la religión en
las reuniones públicas nos parecían patéticos y un
poco ridículos, exactamente
igual que lo serían unos historiadores esforzándose por
refutar la fábula de
Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un
debate cerrado
mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo
perfecto no era ya el que
negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba
el
problema. (...)
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no
figuraban en parte
alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (...)No
había Dios. El cielo
estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos
químicos reunidos en
formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones
naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos,
entre los que no había
en absoluto Dios.
¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de
los medios avanzados,
mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo
escogería mi religión a
los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba
bueno tener una.
Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las
apariencias de
imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea.
De hecho, es una edad
impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe
acaban
corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o
cuarenta
años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que
no la han recibido en
la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el
cuartel...
Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo
dormía en la
habitación que, durante el día, servía a mi padre
de despacho, frente a un
retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde
(socialista que
colaboró en la redacción del programa colectivista
revolucionario) y una fotografía
de Jaurès.
Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una
erupción solar. Karl Marx
escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible
que era, transformada en
piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de
dialéctica compacta velaba
mi sueño de niño. (...)
El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a
veces iban al templo,
y para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos
bajo la mirada falta de
comprensión de otros. Para nosotros era el día del aseo
general, en el agua
corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo mi
friccionaba la
cabeza con un cocimiento de manzanilla..."
En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban
eco entre
nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la
campiña muerta.
Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros
para ir a ninguna
parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el
blanco mantel de los
días señalados.
Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa,
volvían a la
familia más habladora. La comida, más rica que de
costumbre, y el abeto,
completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era
una
Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que
conmemoraba la
fiesta de nadie.
Entre las izquierdas la política se consideraba como la
más alta actividad del
espíritu, el más hermoso de los oficios, después
del de médico, sin embargo. A
ella debían mis padres, por otra parte, el haberse encontrado.
Mi madre de
espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del
socialismo ante un
auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una
inteligencia
combativa, una voz admirable. Desde aquel día, ella le
siguió de reunión en
reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía.
Cuando me contaba esa
historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres
eran mis padres desde
siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado
de su
existencia. La honestidad, la natural decencia de su vida en
común, me habían
dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse
y que, al no
tener fin, no había tenido comienzo.
Mi madre vendía al pregón el periódico de la
Federación Socialista,
completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por
amaños
revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política
llenaba la vida de mi
padre. (...)
Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una
señalada excepción para
la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido
mantenían
(con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de
origen
moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero
él habría podido ser
de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a
los
poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la
víctima de los
sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el
ajusticiado por el poder
y por su aparato de represión".
Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no
por otra razón,
fue el afortunado en recibir el regalo de la conversión. El no
buscaba a Dios.
Se lo encontró: "Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la
más disputada de
las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me
lo encontré.
Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si
el azar cupiese en
esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar
una calle
de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada
habituales, una mar que
batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta
el infinito.
Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he
acostumbrado a la
existencia de Dios.
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del
Barrio
Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en
compañía de una
amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema
izquierda, y aún más que
escéptico y todavía más que ateo, indiferente y
ocupado en cosas muy distintas
a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta
tal punto me parecía
pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas
y ganancias de la
inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos
minutos más
tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado,
recogido y
arrollado por la ola de una alegría inagotable.
Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un
niño, listo para el bautismo, y
que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo
habitado, esa
ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a
pleno sol que
parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso
desgarrón que acababa de
hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes
interiores, las
construcciones intelectuales en las que me había repantingado,
ya no existían;
mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban
cambiados.
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su
carácter improvisado,
puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los
espíritus
contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a
los flechazos
místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo
divino en la
vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme
con el espíritu
de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración
lenta donde ha
habido una brusca transformación; no puedo dar las razones
psicológicas,
inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no
existen; me es
imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me
encontraba
en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando
caí en una
especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo,
sino como no
iba a él y me lo encontré. (...)
Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad
divina tiene sus
actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera
persona, es
porque está claro para mí, como quisiera que estuviese
enseguida para vosotros,
que no he desempeñado papel alguno en mi propia
conversión. (...)
Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan
extraordinaria,
cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir,
transformando tan
radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje
tan insólito que mi
familia se alarmó.
Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme
examinar por un médico
amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo
sosegadamente y de
interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus
conclusiones: era la
"gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No
había por qué inquietarse.
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que
presentaba tales y
cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una
enfermedad grave? No. La fe
no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la
enfermedad evolucionaba por sí
misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en
que yo había
sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni
lesión, ni huellas.
No había más que tener paciencia.
Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que
fuese discreto, como
lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo
proselitismo en
relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a
pesar de todo al
catolicismo, y mi madre también, bastantes años
después de ella".
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe.
Yo me lo encontré,
que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en
Francia en 1969, y que
se convertiría en un best-seller mundial.
En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la
Comisión del
Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de
edad, tras haber sido uno
de los intelectuales católicos franceses más influyentes
de su país en el
presente siglo.
Anton Luli: Una experiencia sacerdotal en las cárceles de Albania
Con
motivo de la celebración de los 50 años de sacerdocio de
Juan Pablo II, Anton
Luli, sacerdote jesuita albanés, contó al Papa su
experiencia bajo el régimen
comunista (L'Osservatore Romano, 15-XI-96).
(...) Acababa de ser ordenado sacerdote cuando a mi país,
Albania, llegó la
dictadura comunista y la persecución religiosa más
despiadada. Algunos de mis
hermanos en el sacerdocio, después de un proceso lleno de
falsedades y engaño,
fueron fusilados y murieron mártires de la fe. Así
celebraron, como pan partido
y sangre derramada por la salvación de mi país, su
última Eucaristía personal.
Era el año 1946.
A mí el Señor me pidió, por el contrario, que
abriera los brazos y me dejara
clavar en la cruz y así celebrara, en el ministerio que me era
prohibido y con
una vida transcurrida entre cadenas y torturas de todo tipo, mi
Eucaristía, mi
sacrificio sacerdotal.
El 19 de diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de
agitación y
propaganda contra el gobierno. Viví diecisiete años de
cárcel estricta y muchos
otros de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel
gélido mes de
diciembre en una pequeña aldea de las montañas de
Escútari, fue un cuarto de
baño. Allí permanecí nueve meses, obligado a estar
agachado sobre excrementos
endurecidos y sin poder enderezarme completamente por la estrechez del
lugar.
La noche de Navidad de ese año -¿cómo
podría olvidarla?- me sacaron de ese
lugar y me llevaron a otro cuarto de baño en el segundo piso de
la prisión, me
obligaron a desvestirme y me colgaron con una cuerda que me pasaba bajo
las
axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con la
punta de los pies.
Sentía que mi cuerpo desfallecía lenta e inexorablemente.
El frío me subía poco
a poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba para
parárseme el
corazón, lancé un grito de agonía. Acudieron mis
verdugos, me bajaron y me
llenaron de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad
de ese primer
suplicio, viví el sentido verdadero de la Encarnación y
de la cruz.
Pero en esos sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la
consoladora
presencia del Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote, a
veces, incluso, con una
ayuda que no puedo menos de definir "extraordinaria", pues era muy
grande la alegría y el consuelo que me comunicaba.
Pero nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me
robaron
la vida. Después de la liberación, me encontré por
casualidad en la calle con
uno de mis verdugos: sentí compasión por él, fui a
su encuentro y lo abracé.
Me liberaron en la amnistía del año 1989. Tenía 79
años.
Esta es mi experiencia sacerdotal en todos estos años; una
experiencia,
ciertamente, muy particular con specto a la de muchos sacerdotes, pero
desde
luego no única: son millares los sacerdotes que en su vida han
sufrido
persecución a causa del sacerdocio de Cristo. Experiencias
diversas, pero todas
unificadas por el amor. El sacerdote es, ante todo, una persona que ha
conocido
el amor; el sacerdote es un hombre que vive para amar: para amar a
Cristo y
para amar a todos en Él, en cualquier situación de vida,
incluso dando la vida.
Bernard Nathanson: El rey del aborto
Para
valorar adecuadamente la biografía, y su hito principal, la
conversión, del que
fue llamado "el rey del aborto", Bernard Nathanson, es necesario
conocer algo de su ambiente familiar.
Su padre, el doctor Joey Nathanson, de religión judía,
fue un prestigioso
médico especializado en ginecología a quien el ambiente
escéptico y liberal de
la Universidad hizo abdicar de su fe. Su matrimonio con Harriet Dover
-la madre
de Bernard-, también judía, resultó un fracaso.
Antes de su boda, Joey había
querido romper el compromiso pero su novia lo amenazó con
suicidarse,
provocando así el escándalo que sin duda, echaría
por tierra la brillante
carrera profesional de Joey. Se casaron. Al menos la dote de Harriet
resultaba
un estímulo para ceder. Pero Joey sólo consiguió
que los Dover, con la
intervención de un juez, entregasen la mitad de lo prometido. El
ambiente del
hogar era imposible, "había demasiada malicia, conflictos y
revanchismo y
odio en la casa donde yo crecí", dirá Bernard.
Profesional y personalmente Bernard Nathanson siguió durante
buena parte de su
vida los pasos de su padre. Estudió medicina en la Universidad
de McGill
(Montreal), y en 1945 se enamoró de Ruth, una joven y guapa
judía. Vivieron
juntos los fines de semana, y hablaban de matrimonio... cuando Ruth
quedó
embarazada. Bernard escribió a su padre para consultar con
él la posibilidad de
contraer matrimonio. La respuesta fueron cinco billetes de 100
dólares junto
con la recomendación de que eligiese entre abortar o ir a los
Estados Unidos
para casarse. Así que Bernard puso su carrera por delante y
convenció a Ruth de
que abortase.
"Lloramos los dos por el niño que íbamos a perder y por
nuestro amor que
sabíamos iba a quedar irreparablemente dañado con lo que
íbamos a hacer".
No la acompañó a la intervención. Ruth
volvió sola a casa, en un taxi, con una
fuerte hemorragia y estuvo a punto de morir. Le había practicado
el aborto un
incompetente. Se recuperó, milagrosamente, pero no tardaron en
romper. "Este
fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió
de excursión
iniciadora al satánico mundo del aborto", confiesa el Dr.
Nathanson.
Tras graduarse, Bernard inició su residencia en un hospital
judío. Después pasó
al Hospital de Mujeres de Nueva York donde sufrió personalmente
la violencia
del antisemitismo, y entró en contacto con el mundo del aborto
clandestino. Por
entonces ya había contraído matrimonio con una joven
judía, tan superficial
como él, según confesaría. Su unión no
duró más que cuatro años y medio y acabó
con un divorcio en México. Fue entonces cuando conoció a
Larry Lader. A aquel
médico sólo le obsesionaba una idea: ¡conseguir que
la ley permitiese el aborto
libre y barato! Para eso fundó la Liga de Acción Nacional
por el Derecho al
Aborto, en 1969, una asociación que intentaba culpabilizar a la
Iglesia de cada
muerte que se producía en los abortos clandestinos.
Pero fue en 1971 cuando Nathanson se involucró más
directamente en la práctica
de abortos. Las primeras clínicas abortistas de Nueva York
comenzaban a
explotar el negocio de la muerte programada, y en muchos casos su
personal
carecía de licencia del Estado o de garantías
mínimas de seguridad. Tal fue el
caso de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a punto
de
cerrar esta clínica cuando alguien sugirió que Nathanson
podría ocuparse de su
dirección y funcionamiento. Se daba la paradoja increíble
de que, mientras
estuvo al frente de aquella clínica, en aquel lugar
existía también un servicio
de ginecología y obstetricia: es decir, se atendían
partos normales al mismo
tiempo que se practicaban abortos. Por otra parte, Nathanson
desarrollaba una
intensa actividad, dictando conferencias, celebrando encuentros con
políticos y
gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr
que fuese ampliada la
ley del aborto.
"Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía
un hijo de pocos
años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento
amargamente esos
años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi
hijo crecer. También era
un paria en la profesión médica. Se me conocía
como el rey del aborto".
Nathanson realizó en este periodo más de 60.000 abortos.
A finales de 1972,
agotado, dimitió de su cargo en la clínica. "He abortado
-dirá- a los hijos
no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores".
Llegó incluso a abortar a su propio hijo. "A mitad de los
sesenta dejé
encinta a una mujer que me quería mucho". (...) Ella
quería seguir
adelante con el embarazo pero él se negó. "Puesto que yo
era uno de los
expertos en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le
expliqué. Y así lo
hice".
Pero, a partir de ahí, las cosas empezaron a cambiar.
Dejó la clínica abortista
y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke's. La
nueva
tecnología, el ultrasonido, hacía su aparición en
el ámbito médico. El día en
que Nathanson pudo observar el corazón del feto en los monitores
electrónicos,
comenzó a plantearse por vez primera "que es lo que
estábamos haciendo
verdaderamente en la clínica".
Decidió reconocer su error. En la revista médica The New
England Journal of
Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con
los ultrasonidos,
reconociendo que en el feto existía vida humana. Incluía
declaraciones como la
siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un
proceso que de
otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta
realidad es el
más craso tipo de evasión moral". Aquel artículo
provocó una fuerte
reacción. Nathanson y su familia recibieron incluso amenazas de
muerte. Pero la
evidencia de que no podía continuar practicando abortos se
impuso. "Había
llegado a la conclusión de que no había nunca
razón alguna para abortar: el
aborto es un crimen".
Poco tiempo después, un nuevo experimento con los ultrasonidos
sirvió de material
para un documental que llenó de admiración y horror al
mundo. Se titula
"El grito silencioso". Sucedió en 1984: "Le dije a un amigo que
practicaba quince, o quizás veinte, abortos al día: Oye,
Jay, hazme un favor.
El próximo sábado coloca un aparato de ultrasonidos sobre
la madre y grábame la
intervención. Lo hizo y, cuando vio las cintas conmigo,
quedó tan afectado que
ya nunca más volvió a realizar un aborto. Las cintas eran
asombrosas, aunque no
de muy buena calidad. Seleccioné la mejor y empecé a
proyectarla en mis
encuentros provida por todo el país".
Quedaba aún el camino de vuelta a Dios. Una primera ayuda le
vino de su
admirado profesor universitario, el psiquiatra Karl Stern
-señala Nathanson-.
"Transmitía una serenidad y una seguridad indefinibles. Entonces
yo no
sabía que en 1943, tras largos años de meditación,
lectura y estudio, se había
convertido al catolicismo. Stern poseía un secreto que yo
había buscado durante
toda mi vida: El secreto de la paz de Cristo".
El movimiento provida le había proporcionado el primer
testimonio vivo de la fe
y el amor de Dios. En 1989 asistió a una acción de
Operación Rescate en los
alrededores de una clínica. El ambiente de los que allí
se manifestaban
pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos
le había conmovido:
estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban... Los mismos medios de
comunicación que cubrían el suceso y los policías
que vigilaban, estaban
asombrados de la actitud de esas personas. Nathanson quedó
afectado "y,
por primera vez en toda mi vida de adulto -dice-, empecé a
considerar
seriamente la noción de Dios, un Dios que había permitido
que anduviera por
todos los proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el
camino de la
redención y la misericordia a través de su gracia".
"Durante diez años, pasé por un periodo de
transición". Sintió que el
peso de sus abortos se hacia más gravoso y persistente: "Me
despertaba
cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando a la
oscuridad y esperando
(pero sin rezar todavía) que se encendiera un mensaje
declarándome inocente
frente a un jurado invisible". Acaba leyendo Las Confesiones -que
califica
de "alimento de primera necesidad"-, era su libro más
leído, porque
"San Agustín hablaba del modo más completo de mi tormento
existencial;
pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara
el camino y estaba acosado
por una negra desesperación que no remitía".
En esa situación no faltó la tentación del
suicidio, pero, por fortuna, decidió
buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban.
"Cuando
escribo esto, ya he pasado por todo: alcohol, tranquilizantes, libros
de
autoestima, consejeros. Incluso me he permitido cuatro años de
psicoanálisis".
El espíritu que animaba aquella manifestación provida
enderezó su búsqueda.
Empezó a conversar periódicamente con un sacerdote
católico, Father John
McCloskey. No le resultaba fácil creer, pero lo contrario,
permanecer en el
agnosticismo, llevaba al abismo. Progresivamente se descubría a
sí mismo
acompañado de Alguien a quien importaban cada uno de los
segundos de su
existencia: "Ya no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el
mundo
a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al
que ahora me
agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto".
Por fin, el 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes, solemnidad
de la
Inmaculada Concepción, en la cripta de la Catedral de S.
Patricio de Nueva
York, el Dr. Nathanson se convertía en hijo de Dios. Entraba a
formar parte del
Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O'Connor
le administró
los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.
Un testigo expresa así ese momento: "Esta semana
experimenté con una
evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace 2.000
años en un establo
continúa transformando el mundo. El pasado lunes fui invitado a
un Bautismo.
(...) Observé como Nathanson caminaba hacia el altar.
¡Qué momento! Al igual
que en el primer siglo... un judío converso caminando en las
catacumbas para
encontrar a Cristo. Y su madrina era Joan Andrews. Las ironías
abundan. Joan es
una de las más sobresalientes y conocidas defensoras del
movimiento provida...
La escena me quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal
O'Connor
había una Cruz... Miré hacia la Cruz y me di cuenta de
nuevo que lo que el
Evangelio enseña es la verdad: la victoria está en
Cristo".
Las palabras de Bernard Nathanson al final de la ceremonia, fueron
escuetas y
directas. "No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan
impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí
durante todos los
años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han
rezado tozuda y
amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus
oraciones han sido
escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos".
C. S. Lewis: La conversión de un filósofo
C. S. Lewis fue un hombre lleno de amigos, libros y alumnos. Nació en 1898, y en 1925 ya enseñaba filosofía y literatura en Oxford. Hasta su muerte en 1963 fue un profesor eminente, autor de célebres ensayos, cuentos y libros de texto. Su vida está marcada por su conversión al cristianismo a la misma edad que San Agustín. Ese giro radical lo explica y justifica en un puñado de libros escritos con un estilo vivo y una lógica apabullante. Lewis domina el arte de argumentar. Su dialéctica apura la ironía y la sutileza, tal y como confiesa haber aprendido de uno de sus profesores:
Edith Stein
había nacido
en el seno de una familia hebrea. Cuando era una joven estudiante de
filología
germánica, descubrió la figura de Husserl, un gran
pensador de su tiempo.
Pronto se contagió de su inquietante afán por la
búsqueda incondicional de la
verdad, y se trasladó a Göttingen —desde 1905 hasta 1914—
para continuar sus
estudios junto a aquel prestigioso filósofo a quien tanto
admiraba.
En una ocasión, después de recorrer el casco viejo de
Francfort, rememorando
con su amiga Pauline lo que acerca de esa ciudad cuenta Goethe en sus
Pensamientos y recuerdos, entraron unos minutos en la catedral.
Allí presenció
algo que le llamó poderosamente la atención.
»Mientras estábamos allí, en respetuoso silencio
—contaba la propia Edith
Stein—, llegó una señora con su cesto del mercado y se
arrodilló profundamente
en un banco, para hacer una breve oración.
»Esto era para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas
y en las iglesias
protestantes en las que yo había estado, se iba solamente para
los oficios
religiosos. Pero aquí llegaba cualquiera en medio de los
trabajos diarios a la
iglesia vacía como para un diálogo confidencial. Es algo
que no he podido
olvidar.»
Aquella experiencia en la vieja catedral de Francfort no había
sido su primer
contacto con la fe católica. Edith recordaba otra ocasión
anterior: una mañana
en la cual, tras haber pernoctado con una amiga en una granja de
montaña, pudo
contemplar cómo el granjero, católico practicante, rezaba
con sus trabajadores
y los saludaba cordialmente antes de comenzar la jornada.
La gran
prueba del dolor
Estas fugaces adivinaciones de la riqueza del mundo católico
hallaron una
prolongación e intensificación notable poco tiempo
después. Fue al ver pasar a
su amiga Ana Reinach por la gran prueba del dolor.
El marido de Ana había muerto en el frente de batalla. Edith se
trasladó a
Friburgo para asistir al funeral y consolar a su amiga viuda. La
entereza de
ésta, su confianza serena en que su marido estaba gozando de la
paz y la luz
del Señor, reveló a Edith el poder sobre la muerte que
tiene la fe.
Edith hubiera considerado natural que Ana se rebelase contra un
infortunio que
parecía destruir el sentido de su vida. De hecho, esperaba
haberla encontrado
abatida o crispada. Pero aquella paz llena de una honda confianza
tenía que
tener un origen muy superior a todo lo humano.
«Allí —confiesa Edith— encontré por primera vez la
cruz, y el poder divino que
ésta comunica a quienes la llevan. Fue mi primer vislumbre de la
Iglesia,
nacida de la pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la
mordedura de
la muerte. En ese momento, mi incredulidad se derrumbó.»
Un libro
escogido al azar
Poco tiempo después, Edith se hallaba un día nuevamente
de visita en casa de su
amiga Ana Reinach. Tomó al azar un libro de su biblioteca.
«Empecé a leer
—escribiría años más tarde—, y fui cautivada
inmediatamente, sin poder dejar de
leer hasta el final. Cuando cerré el libro, me dije:
¡ésta es la verdad!».
Aquel libro, que había acrecentado de forma decisiva sus
anteriores intuiciones
sobre la fe, era la autobiografía de Santa Teresa de
Jesús.
Terminada la lectura, Edith se apresuró a comprar en la ciudad
un catecismo y
un misal. Una vez debidamente asimilados, asistió a una Misa en
la parroquia.
Al final de la misma, se acercó al párroco para decirle
que deseaba bautizarse.
Aquel sacerdote, sorprendido, le hizo algunas preguntas para comprobar
si
estaba preparada. Pronto se rindió a la evidencia: aquella
intelectualidad atea
cumplía todos los requisitos. El 1 de enero de 1922, Edith se
bautizó.
Fueron muchos, empezando por el mismo Husserl, los que se preguntaron
con
asombro qué pudo hallar la intelectual Edith Stein en la vida de
la santa de
Ávila, que le movió a dar el paso definitivo hacia el
ámbito de aquella fe en
cuyos aledaños se había movido largo tiempo.
La explicación puede intuirse en unas frases escritas por ella
misma aquel año
1922: «El descanso en Dios es algo para mí completamente
nuevo e irreductible.
Antes, era el silencio de la muerte. Ahora es un sentimiento de
íntima
seguridad.»
Edith, igual que Husserl, había querido resolver el problema de
la crisis
espiritual de occidente concediendo la primacía a la
razón. A ella le parecía
honesta y justa esta intención de fondo de su maestro, pero fue
descubriendo
que no era posible querer tener bajo control intelectual todo cuanto
significa
el campo de juego del hombre, su entorno, su circunstancia vital y
espiritual,
todo.
Poco a poco, a golpes de experiencia religiosa, Edith Stein fue
llegando a
profundas convicciones. La discípula predilecta de Husserl
concluyó que sólo
quien conoce a Dios conoce verdaderamente al hombre; que el futuro de
la
sociedad depende de la vida espiritual entendida con toda radicalidad y
en todo
su alcance; que si abrimos el espíritu a todo lo grande que nos
rodea, llegamos
a descubrir que la vida de Dios es una energía que nos plenifica.
Una
profunda labor educativa
Más adelante, Edith dejó su carrera como estudiante y
aceptó el puesto de profesora
de Alemán en el Colegio de las Hermanas Dominicas en Speyer.
Allí, trabajó
durante ocho años como profesora. Dividía su día
entre el trabajo y la oración.
Era para todos una persona benévola y servicial, que trabajaba
duro por
trasmitir las ideas de manera clara y sistemática. Su
preocupación iba más allá
de trasmitir conocimientos, incluía la formación a toda
la persona, pues estaba
convencida que la educación era un trabajo apostólico.
A lo largo de este período, Edith continuó sus escritos y
traducciones de
filosofía y asumió el compromiso de dar conferencias, que
la llevó a
Heidelberg, Zurich, Salzburg y otras ciudades. En el transcurso de sus
conferencias, frecuentemente abordaba el papel y significado de la
mujer en la
vida contemporánea, así como al valor de la madurez de la
vida cristiana en la
mujer como una respuesta para el mundo.
Entrega
completa a Dios
En 1931, Edith deja la escuela del convento para dedicarse a tiempo
completo a
la escritura y publicación de sus trabajos. En 1932 acepta la
cátedra en la
Universidad de Münster, pero un año después le
dijeron que debería dejar su
puesto por su ascendencia judía. Recibió varias ofertas
profesionales de gran
atractivo y seguridad, pero Edith se convenció que había
llegado el momento de
entregarse por completo a Dios.
El 14 de octubre de 1933, a la edad de 42 años, Edith Stein
ingresa al convento
carmelita en Cologne tomando el nombre de Teresa Benedicta y reflejando
su
especial devoción a la pasión de Cristo y su gratitud a
Teresa de Avila por su
amparo espiritual.
En el convento, Edith continuó sus estudios y escritos
completando los textos
de su libro "La Finitud y el Ser", su obra cumbre.
En 1938 la situación en Alemania empeoró, y el ataque de
las temidas S.S. El 8
de noviembre a las sinagogas (la Kristallnacht o "Noche de los
Cristales") despejó toda duda acerca del riesgo que
corrían los ciudadanos
judíos. Se preparó el traslado de Edith al convento de
Dutch, en Echt, y el 31
de diciembre de 1938 Edith Stein fue llevada a Holanda.
Edith, como miles de judíos residentes en Holanda, empezó
a recibir citaciones
de la S.S. en Maastricht y del Consejero para los Judíos en
Amsterdam. Pidió un
visado a Suiza junto con su hermana Rosa, con quien había vivido
en Echt, para
trasladarse al Convento de Carmelitas de Le Paquier. La comunidad de Le
Paquier
informó a la Comunidad de Echt que podía aceptar a Edith
pero no a Rosa. Para
Edith fue inaceptable y por eso se rehusó ir a Suiza y
prefirió quedarse con su
hermana Rosa en Echt. Decidida a terminar "La Ciencia de la Cruz",
Edith empleó todo su tiempo para investigar, hasta quedar
exhausta.
Cuando el Obispo de Netherlands redactó una carta pastoral en
donde protestaban
severamente en contra de la deportación de los judíos,
los nazis reaccionaron
ordenando la exterminación de los judíos que eran
católicos. El domingo 2 de
agosto, a las 5 de la tarde, después de que Edith Stein
había pasado su día
rezando y trabajando en su interminable manuscrito de su libro sobre
San Juan
de la Cruz, los oficiales de la S.S. fueron al convento y se la
llevaron junto
con Rosa.
Asustada por la multitud y por no poder hacer nada ante la
situación, Rosa se
empezó a desorientar. Un testigo relató que Edith
tomó de la mano a Rosa y le
dijo tranquilamente: "Ven Rosa, vamos a ir por nuestra gente". Juntas
caminaron hacia la esquina y entraron en el camión de la
policía que las
esperaba. Hay muchos testigos que cuentan del comportamiento de Edith
durante
esos días de prisión en Amersfoort y Westerbork, el
campamento central de
detención en el norte de Holanda. Cuentan de su silencio, su
calma, su
compostura, su autocontrol, su consuelo para otras mujeres, su cuidado
para con
los más pequeños, lavándolos y cepillando sus
cabellos y cuidando de que estén
alimentados. En medio de la noche, antes del amanecer del 7 de agosto
de 1942,
los prisioneros de Westerbork, incluyendo a Edith Stein, fueron
llevados a los
trenes y deportados a Auschwitz. En 1950, la Gazette Holandesa
publicó la lista
oficial con los nombres de los judíos que fueron deportados de
Holanda el 7 de
agosto de 1942. No hubo sobrevivientes. He aquí lo que
decía lacónicamente la
lista de los deportados: "Número 44070 : Edith Theresa Hedwig
Stein,
Nacida en Breslau el 12 de Octubre de 1891, Muerta el 9 de Agosto de
1942".
Edith Stein: el testimonio de su hermana Erna
Edith
era la más pequeña de los siete hermanos y la
próxima a mí en edad. Nos
separaban escasamente dos años, y así fue natural que,
desde la niñez y hasta
el tiempo de distanciarse externamente nuestros caminos,
estuviéramos unidas la
una de la otra más que cualquiera de nuestros otros hermanos.
Su primera niñez coincidió en el tiempo en que nuestra
madre sobrellevaba las
tareas más pesadas, tras la muerte repentina de nuestro padre. A
causa de sus
cargas inevitables poco podía dedicarse a nosotras. Las dos
"pequeñas" estábamos acostumbradas a entendernos las dos
solas y -al
menos por las mañanas, hasta que los mayores regresaban de la
escuela- nos
entreteníamos nosotras solas.
Hasta donde conozco de las narraciones de mi padre, de mis hermanos y
por
recuerdo personal, éramos bastante formales y raramente nos
reñían. Pertenece a
los primeros recuerdos el que Paul, mi hermano mayor, pasease en brazos
a Edith
por la habitación entonando canciones estudiantiles o que le
mostrase las
ilustraciones de su historia de la literatura y pronunciase discursos
de
Schiller, Goethe, etc. Tenía una memoria formidable y todo lo
retenía. Muchos
de nuestros numerosos tíos y tías intentaban ensalzarla o
se esforzaban,
equivocadamente, por hacerle creer que era "María Estuardo" de
Goethe
o algo parecido. Esto constituyó un rotundo fracaso.
Desde los cuatro o cinco años comenzó a manifestar
conocimientos de literatura.
Cuando entré yo en la escuela, se sintió terriblemente
sola, tanto que mi madre
decidió internarla en un jardín de infancia. Pero esto
fracasó del todo. Se
veía allí tan desoladamente infeliz, y aventajaba
intelectualmente todos los
niños, que hubo que renunciar a ello. Muy pronto comenzó
a suplicar que se le
permitiese ir a la escuela ya en otoño, cuando el 12 de octubre
cumpliese los
seis años. Si bien era pequeña a todas luces y no se le
atribuían los seis
años, el director de la escuela Victoria de Breslau, escuela que
ya habíamos
frecuentado antes que ella las cuatro hermanas, consintió en
ceder a sus ruegos
insistentes.
Y así comenzó su tiempo escolar en su sexto
cumpleaños, el 12 de octubre de
1907. Puesto que no era usual por entonces comenzar el curso en
otoño,
solamente permaneció en la clase inferior durante medio
año. A pesar de ello,
ya en Navidad era una de las mejores alumnas. Era muy capaz y muy
aplicada, así
como segura y de una energía férrea. No obstante nunca
fue mala amiga, sino que
siempre fue una excelente compañera pronta a ayudar. Durante
todo el tiempo
escolar obtuvo resultados brillantes. Todos nosotros aceptábamos
como natural
el hecho de que, al igual que yo, después de acabar la escuela
femenina,
terminara los cursos de bachillerato en la escuela Victoria, para
así poder
acceder a una carrera. Sin embargo, nos sorprendió su
decisión de dejar la
escuela. Como todavía era muy pequeña y delicada, mi
padre cedió y la envió, en
parte por descanso, en parte para ayudar a casa de mi hermana Else, que
estaba
casada en Hamburg y que tenía tres niños pequeños.
Allí, permaneció ocho meses,
cumpliendo con su deber escrupulosa e incansablemente, no obstante
atraerle las
tareas domésticas. Cuando mi madre la visitó
después de seis meses, apenas si
la reconoció. Había crecido muchísimo y
parecía plenamente madura. En esta
ocasión confió a mi madre que había cambiado de
parecer y que deseaba regresar
a la escuela para poder seguir estudiando. Regresó a Breslau; se
preparó en
latín y matemáticas con la ayuda de dos estudiantes para
pasar a la secundaria
y superó brillantemente el examen de admisión.
El resto del tiempo escolar no supuso ninguna sorpresa. Como siempre
estuvo en
los primeros puestos de la clase, librándose al final del examen
oral de
bachillerato. A la par que en la escuela, tomaba parte activa en todas
nuestras
diversiones con los compañeros. Nunca fue una aguafiestas. Se le
podían confiar
todas las cuitas y todos los secretos; estaba siempre dispuesta a
aconsejar y
ayudar, y todo era bien recibido por ella. Los años
universitarios (yo había comenzado
a estudiar medicina en 1909) fueron para nosotras tiempo de trabajo
serio, pero
también de estupendo compañerismo. Habíamos
formado un grupo de ambos sexos con
los que pasábamos nuestras horas libres y las vacaciones en gran
libertad y sin
prejuicios, dadas las condiciones de aquellos tiempos.
Manteníamos discusiones
sobre temas científicos y sociales en amplios y reducidos
círculos de amigos.
Edith era entre todas la más competente a causa de su
lógica imperturbable y de
su amplio conocimiento de cuestiones literarias y filosóficas.
En el transcurso
de nuestras vacaciones realizábamos viajes a la montaña y
allí nos sentíamos
animados a vivir a plenitud y para forjar proyectos.
Cuando más tarde se fue a Göttingen con una de nuestras
amigas comunes, Rose
Guttman, para estudiar historia y filosofía, allí
también conquistó nuevos
amigos, que le permanecerían fieles por su vida. Pero nuestro
antiguo círculo
la mantuvo inalterable y ella le conservó la fidelidad primera.
Después de
nuestro examen de estado de medicina decidimos, mi entonces amigo y
ahora
marido y yo, visitar a Edith y Rose en Göttingen. Aquellos
días fueron
inolvidables, de hermosas excursiones y alegres momentos, en los que
ella trató
de enseñarnos lo mejor de su querida Göttingen y de sus
entornos encantadores.
Al final llevamos un paseo muy bonito por el Harz. Esto sucedía
en la primavera
de 1914. Poco después de mi vuelta a Breslau, inicié mi
trabajo de asistente,
que sería interrumpido por el estallido de la guerra. Pero
únicamente cambió mi
actividad por el hecho de que me fui a otra clínica, mientras
que Edith se
sintió en la obligación de interrumpir sus estudios y se
fue como ayudante
voluntaria de la Cruz Roja a un hospital militar en
Märish-Weisskirchen.
También allí, como en todas partes, trabajó con
toda el alma, siendo estimada
tanto por los heridos como por las compañeras y superiores.
También aquí la
visité durante mi primer permiso de guerra, pasando dos semanas
con ella.
Cuando en 1916 se fue a Freiburg para ser asistente privada de su
profesor de
Göttingen, Husserl, dos de las antiguas amigas, Rose Guttman y
Lilli Platau, y
yo (me había ido como asistente a Berlín) decidimos pasar
nuestras vacaciones
del verano de 1917 en la Selva Negra con ella. De este tiempo conservo
un
recuerdo luminoso, a pesar de que todas padecíamos la
presión de la guerra y de
que la dieta algo escasa habría podido menoscabar nuestro humor.
Paseábamos,
leíamos juntas y estábamos siempre extraordinariamente
contentas. Al año
siguiente yo regresaría a Breslau, y esta vez tuve que emprender
sola mi viaje
de vacaciones. No pude planear nada mejor que volver a visitar a Edith.
Estuvimos en Freiburg, y desde allí realizábamos toda
clase de excursiones,
leíamos juntas y planeábamos nuestro futuro.
Cuando en 1920 me casé con mi compañero de estudios Hans
Biberstein, Edith
estuvo presente en la boda y compuso hermosas poesías para todas
las sobrinas y
sobrinos. En ellas revivían las experiencias más
placenteras de nuestros años
estudiantiles y de nuestra infancia. Era entonces profesora en el
colegio
religioso de Speyer pero pasaba todas las vacaciones en Breslau. En
septiembre
de 1921 nació nuestra primera hija, Susanne, y Edith, que
precisamente se
encontraba en casa, me atendió en forma enternecedora. Por
cierto, una densa
sombra se cernió sobre este tiempo, tan feliz por otra parte; me
confió la
decisión de convertirse al catolicismo y me rogó que se
lo comunicase a nuestra
madre. Yo sabía que ésta era una de las más
difíciles tareas a las que me había
tenido que enfrentar. A pesar de la comprensión de mi madre y de
la libertad
que en todo había dejado a sus hijos, esta decisión
significaba un duro golpe
para quien era una auténtica creyente judía y consideraba
como apostasía el que
Edith aceptase otra religión. También a nosotros nos
resultó difícil, pero
teníamos tanta confianza en el convencimiento interior de Edith,
que aceptamos
su paso muy a pesar nuestro, después de haber intentado
vanamente disuadirla
por causa de nuestra madre.
Incluso después de su conversión continuó viniendo
regularmente a casa. Me
atendió nuevamente en el nacimiento de nuestro hijo Ernst
Ludwing, y amaba
cariñosamente a nuestros hijos, como al resto de todos los
sobrinos y sobrinas;
de igual manera fue amada y adorada por ellos. Recuerdo muy
especialmente con
cuanta frecuencia, mientras ella trabajaba en su cuarto, tenía a
los niños con
ella, cómo los entretenía con cualquier libro y lo muy
felices y contentos que
ellos se sentían a su lado.
Cuando en 1933 tuvo que dejar Edith su puesto de enseñante en la
Academia
Católica de Münster a causa de su ascendencia judía,
vino de nuevo a casa.
También fui yo ahora la confidente de su decisión de
entrar en el convento de
las Carmelitas de Colonia. Las semanas que siguieron fueron muy
difíciles para
todos nosotros. Mi madre estaba, con razón, desesperada, y nunca
llegó a
superar este sufrimiento. Asimismo, esta vez la despedida era para
nosotros
mucho más dolorosa aunque Edith no quería admitirlo y
desde el convento
compartió sin merma el antiguo amor y la vinculación con
inalterable interés.
En 1939, cuando seguí con mis hijos a mi marido a
América, manifestó agrado de
que la visitásemos en Echt, adonde se había trasladado.
Pero nosotros teníamos
un boleto para Hamburgo, y además la frontera holandesa era muy
incómoda. Por
todo ello preferimos no hacerlo. En lo sucesivo, nos mantuvimos unidas
por
correspondencia y, en cierta manera, por entonces yo estaba tranquila
con que
ella estuviese segura en la paz de convento frente a la
persecución de Hitler,
al igual que mi hermana Rosa, que por mediación de Edith
había encontrado
refugio en Echt. Por desgracia, esta confianza no estaba justificada.
Los nazis
no se detuvieron ante el convento, sino que deportaron a mis dos
hermanas el 2
de agosto de 1942. Desde entonces ha desaparecido todo rastro de las
mismas.
Edith Stein: ¡Esto es la verdad!
S.S.
Juan Pablo II ha canonizado el 11 de octubre de 1998 a la que desde
hace unos
años era la Beata Edith Stein. Edith no nació
católica, sino judía, en Breslau
-entonces ciudad alemana, y hoy polaca con el nombre de Wroclaw-, en
1891. Era
la menor de una familia numerosa, y perdió repentinamente a su
padre apenas dos
años después. Su madre se hizo cargo con fortaleza del
negocio familiar de
maderas y de la educación de sus hijos.
Su madre infundió un elevado código ético a sus
hijos: Edith aprendió algunas
virtudes que nunca perdería: sinceridad, espíritu de
trabajo de sacrificio,
lealtad... Pero, aunque se educó en un ambiente claramente
judío, la fe era más
bien superficial. A los diez años supo de la muerte de un
tío muy querido, y
acabó enterándose de la causa: suicidio, tras la quiebra
de su negocio. Acudió
al funeral. "El rabino inició la oración fúnebre.
Yo ya había escuchado
otras oraciones fúnebres. Eran un resumen de la vida del muerto,
en que se
realza todo lo bueno que había hecho durante la vida, removiendo
el dolor de
los familiares y sin que por ello se recibiese ningún consuelo.
Por fin, con
solemne y engolada voz, dijo el rabino: «si el cuerpo se
convierte en polvo, el
espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio». Pero,
detrás de todo esto, no
había una fe en la pervivencia personal y en un volver a
encontrarse tras la
muerte.
Tuve una impresión totalmente distinta cuando al cabo de muchos
años participé
en un culto funerario católico, por primera vez. Se trataba del
entierro de un
sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de
sus méritos, ni del
apellido que había llevado en el mundo. Solamente se encomendaba
a la
Misericordia de Dios su pobre alma mediante el nombre de pila.
Ciertamente, ¡qué
consoladoras y serenantes eran las palabras de la liturgia que
acompañaban a
los muertos a la eternidad!". Edith supo de bastantes más
suicidios:
sucedían cuando se derrumbaban las esperanzas terrenas de
quienes hasta
entonces parecían llenos de amor a la vida.
Las virtudes aprendidas en casa, junto a una profunda y despierta
inteligencia,
hicieron progresar a Edith en el mundo académico, a pesar de los
prejuicios
contra las mujeres y los judíos de aquella Alemania
rígida. Destacó en el
colegio, y fue a Göttingen a estudiar filosofía.
Allí conoció a Husserl, y,
junto con muchos otros, quedó deslumbrada por la nueva
fenomenología. "Las
Investigaciones lógicas (de Husserl) habían impresionado,
sobre todo porque
eran un abandono radical del idealismo crítico kantiano y del
idealismo de cuño
neokantiano. Se consideraba la obra como una «nueva
escolástica». (...) Todos
los jóvenes fenomenólogos eran unos decididos realistas".
Edith, en
filosofía, buscaba la verdad. Pero, a la vez, un intenso trabajo
la absorbía, y
no dejaba tiempo para la consideración de otras cosas; de hecho,
no tenía fe.
Dios preparaba su cabeza, pero también otros aspectos que
permitirían
descubrirle; entre otros, el contacto con el dolor. En 1914
apareció de
improviso la guerra. Muchos de los amigos de Edith fueron al frente.
Ella no
podía quedarse sin hacer nada, y se apuntó como enfermera
voluntaria. La
enviaron a un hospital austríaco. Atendió soldados con
tifus, con heridas, y
otras dolencias. El contacto con la muerte le impresionó. Tras
ver morir a uno
de los primeros, "cuando ordené las pocas cosas que tenía
el muerto reparé
en una notita que había en su agenda. Era una oración
para pedir que se le
conservase la vida. Esta oración se la había dado su
esposa. Esto me partió el
alma. Comprendí, justo en ese momento, lo que humanamente
significaba aquella
muerte. Pero yo no podía quedarme allí". Tras los
trámites pertinentes, se
volvió a refugiar en la incesante actividad. Edith
recibió la Medalla al Valor
por su trabajo en el hospital.
Tras dejar el hospital, siguió a Husserl a Friburgo, y
trabajó como su
asistente. Ordenó y recopiló los trabajos del maestro,
pero, sin un futuro
claro en ese puesto, decidió dejar a Husserl e intentar aspirar
a una cátedra
universitaria. No lo pudo conseguir por ser mujer, y se tuvo que
conformar con
la dirección de un colegio privado.
Algunas conversiones de amigos y algunas escenas de fe que pudo ver
habían
impresionado a Edith. Empezó a leer obras sobre el cristianismo,
y el Nuevo
Testamento. Un día tomó un libro al azar en casa de unos
amigos conversos.
Resultó ser la autobiografía -La Vida- de Santa Teresa de
Jesús. Le absorbió
por completo. Cuando lo acabó, sobrecogida, exclamó:
"¡Esto es la
verdad!". Inmediatamente, compró un catecismo y un misal. Al
poco tiempo
se presentó en la parroquia más cercana pidiendo que le
bautizaran
inmediatamente. Demostró conocer bien la fe, pero había
que hacer algunos
trámites, y se bautizó el día 1 de enero de 1922,
con el nombre de Teresa
Edwig.
Lo más duro que le esperaba a la recién conversa era
decírselo a su familia.
Edith era un orgullo para su madre. Por eso mismo se derrumbó y
se echó a
llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: "Madre,
soy
católica". Edith la consoló como pudo, e incluso le
acompañaba a la
sinagoga. Su madre no se repuso del golpe -lo consideraba una
traición-, aunque
no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que
"todavía no he
visto rezar a nadie como a Edith".
Todavía les resultó más costoso aceptar la
decisión de Edith de hacerse
carmelita descalza. Era una decisión meditada durante
años, que se hizo
realidad en 1934. Emite sus votos en abril de 1935, en Colonia. Se
convirtió en
Sor Benedicta de la Cruz.
Mientras todo esto sucede, el ambiente en Alemania se va haciendo
progresivamente hostil contra los hebreos, desde la llegada al poder de
Hitler
en 1933. En 1939 sus hermanas del Carmelo de Colonia deciden que es
prudente
salga de Alemania, y se traslada al convento de Echt, en Holanda.
En la primavera de 1940 Holanda es ocupada por los nazis. A principios
de 1942
se decide en las afueras de Berlín la "solución final":
el exterminio
programado de los judíos. Unos meses después, la
Jerarquía católica holandesa
escribe una carta al Comisario del Reich, Seyss-Inquart, protestando
contra el
trato vejatorio a los judíos; se oyen también protestas
en los púlpitos, como
la del Obispo de Utrecht. Las SS alemanas reaccionan con represalias,
entre
ellas la detención de los católicos de origen hebreo. En
agosto de 1942 se
presentan en el convento de Echt, en busca de Edith Stein y su hermana
Rosa,
refugiada allí. Al cabo de pocos días, salen de Holanda
con destino
desconocido. Pocos datos se conocen a partir de este momento, pero
todos
coinciden en testimoniar la serenidad y entrega ejemplar de Edith.
Más tarde se supo el destino final de Edith Stein: las
cámaras de gas de
Auschwitz. Allí entregó santamente su alma al
Señor el 9 de agosto de 1942.